


UNA ESCUELA QUE DISCRIMINA
Flor Consoli Caballero


Cuando todo está dado vueltas y las situaciones más difíciles se hacen evidentes, parece que desde las autoridades de la Dirección General de Escuelas se esfuerzan en hacer todo aún más agobiante. En búsqueda de soluciones a los días que las clases están suspendidas, debido a la acertada cuarentena implementada por el presidente Alberto Fernández, las autoridades de la DGE decidieron hacer actividades y clases virtuales para “todos” los estudiantes de la provincia.
No caben dudas que las clases virtuales serían una excepcional solución para que los alumnos puedan mantener un ritmo de estudio y conexión con las instituciones educativas. Sin embargo, para que el sistema sea exitoso, se necesitan otras condiciones, y otro diseño de las actividades.
Llevar adelante un sistema como el propuesto, en un país con más del 40% de pobreza, donde casi 4 millones de personas ni siquiera acceden a los servicios básicos como agua luz y cloacas, y con una economía predominantemente informal, donde familias numerosas viven hacinadas, muchas veces en casas donde no hay computadoras sino uno o, como mucho, dos celulares para varios estudiantes; se les pide a los padres que impriman a diario copias para realizar las actividades o, en su defecto, copiar para cada uno las tareas a mano.


En un país parado lleno de incertidumbre, donde supuestamente no se puede salir a la calle más que por comida o algunas excepciones laborales, en medio del estrés y la ansiedad, madres se pasan todo el día frente a tareas con sus hijos, con celulares que van de mano en mano, para poder llegar con los tiempos. Tareas y actividades que requieren un montón de materiales que no es fácil tener en cada hogar, y que hay que salir a buscar en medio de la cuarentena. Por otro lado, docentes abrumados de tantas responsabilidades, teniendo que cumplir con los directivos y las autoridades que les exigen, para llenar las estadísticas, conectados sin horarios a los grupos de WhatsApp, donde reciben todo tipo de consultas y excusas, válidas y legítimas, de madres desorientadas y exhaustas.
Valiéndose de estadísticas y estudios de campo, el Sociólogo Pierre Bourdieu demuestra en su obra “Los Herederos” que las instituciones escolares, lejos de afianzar los principios democráticos y formular posibilidades igualitarias, actúan otorgando títulos y reconocimiento a quienes pertenecen a sectores socioculturales y económicos privilegiados; explicando que según sus estudios, el 1,4% de los hijos de peones rurales llegan a la universidad, contra el 60% de los hijos de profesionales. En este sentido, el sistema educativo reproduce y refuerza las desigualdades sociales de origen, a las que concibe como dones naturales irreversibles.
La escuela discrimina, y claro que discrimina, porque no van a ser iguales los resultados de los alumnos que tienen la posibilidad de una impresora o una librería cerca, a los que no. No van a ser iguales los resultados de los alumnos que tienen padres estudiados y a disposición para acompañarlos horas y horas en sus actividades, a los que no. No van a ser los mismos resultados los de los alumnos que se acuestan todas las noches con comida en su estómago, a los que no.




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